Procuro ser lo más silenciosa posible;
En estos momentos, mientras mi casa se hunde en sueños que jamás llegará a realizar.
Y cuando te tengo frente a mí, y pareciera que mis sueños se realizan.
No sé muy bien por qué decido retomar mi temporal oficio de dar vida a estas páginas. Pero ahora no importan los por qué ni los cómo ni cuándos: hace rato que esas cosas dejaron ya de importar.
A pesar de que son incógnitas que de mis labios intento no expulsar, en mi mente retumban y tienen lugar respuestas imaginarias a éstas. Palabras tuyas; inexistentes, pero tuyas. Me dan ilusión, me dan energía e incluso un poco de vida.
Siento un poco de verguenza de lo que hay en estos momentos dentro de mí. Hasta el viento reiría si supiera de lo que es capaz mi aguda mente para captar emociones con una facilidad envidiable.
No quiero decir nada, no sé si quiero sentir algo. Pero eso no puedo cambiarlo, por ridículo que sea, la proximidad ínfima de nuestras almas me punza el corazón y me nubla la mente. Durante estos fugaces segundos mi lógica desaparece, mi mente es fría y mi mayor objetivo es no demostrar nada. Hasta el más mínimo contacto de nuestras dermis me enloquece, me envuelve y me hace recordar esta locura que se apiada a ratos de mi mente para no dejarla inútil. Si supieras todo lo que se me pasa por la mente cuando sonríes... seguramente pensarías que una extraña ha cogido una extraña obsesión por ti. Y a pesar de que odio admitirlo, y escribirlo aún más, es casi verdad.
Los sentimientos que tengo dentro, aunque un poco turbados y extraños, son puros.
Quisiera tener un poco más de poder en esto; poder demostrar todo lo que siento, materializarlo.
Decirte la verdad cada vez que te veo, es lo que en el fondo anhelo. Pero eso desecharía definitivamente, (si es que las hay) cualquier tipo de posibilidad de tomar tu mano.
Tocarte la cara lentamente, bajo los coloridos vitrales de la lúgubre catedral. Apoyarme sutilmente mientras la comida es una excusa para mantenerte a mi lado. Abrazarte sin miedo cuando sea la hora de decir adiós.
No quiero que pienses nada de mí, no quiero que digas nada de mí. Sólo quiero que escuches mis penas, que hables tus problemas, rías en los momentos precisos y digas algo de lo que no tenga idea y finja tener en ello algún interés. Que me mires, fijamente a los ojos, que me abraces; no porque yo lo haga si no porque tú lo necesites, que me digas cosas lindas sin sentido y me compres una flor.
Quiero darte un paseo por esta ciudad, enseñarte lo maravillosa que puede ser si la miras con la persona indicada, lo amable que puede ser su gente, sus lugares, sus parques y sus más recónditos parajes.
Besarte, si así lo deseas, cuando el sol nos entregue su gama de anaranjados tonos; y las nubes, después de un día de lluvia, nos permitan ver todo más claro de lo que realmente es.
Tímidamente acercar mi mano a la tuya, cuando al fin y para mi felicidad, tu mano esté libre para tomar la mía.
Omitir esto es tan difícil; pero más difícil sería saber que pienses en mí como una maniática.
Y quizás realmente es así, porque la información que de ti tengo es bastante vaga y poco certera.
Pero cada vez que te observo silenciosamente, que te miro sin mayor preámbulo, que te escucho y te leo, que minuciosamente atisbo sin dejar evidencia alguna, voy adquiriendo estos raros pensamientos y sentimientos que he cultivado.
Y es así, solo así, como me doy cuenta de todo esto que tengo que callar.
( sé que mi mente crea rápidamente redes de pensamientos que quizás no pueda deshacer ).